lunes, 10 de septiembre de 2012

El día que murió Kennedy

La secretaria de la Escuela de Arte llamó a la puerta del aula, interrumpiendo así una tediosa explicación sobre arte sumerio. Pidió permiso para entrar y caminó con sigilo hasta la tarima, con la cabeza agachada, consciente de que era el centro de atención de todas las miradas. Se acercó al profesor y le susurró algo al oído. Yo estaba sentada en la primera fila y creí distinguir mi nombre entre los susurros. En ese mismo instante el Profesor Logan dirigió su mirada hacia mi y sentí como un escalofrío me recorría todo el cuerpo, de pies a cabeza. Hizo un gesto indicando que me acercara. Las manos comenzaron a temblarme.

    −Señorita Parker, acompañe a la Señora Bolton al despacho de la directora en el edificio principal, por favor −dijo con voz firme mirándome a los ojos. Debió intuir algo parecido a la angustia en mi mirada porque acto seguido posó su mano sobre mi hombro y añadió: −Tiene una llamada de su padre. Está a la espera. La acompaño.

El campus de la Universidad de Dallas era bastante pequeño por aquel entonces. Caminé apenas trescientos metros para llegar al edificio principal, siguiendo el ritmo marcial que imponía la secretaria. Llegué visiblemente preocupada al despacho de la señora Howard, que me estaba esperando. Me miró con ojos compasivos y me tendió una mano delgada con la manicura perfecta. La estreche. Me pidió que me sentara, y así lo hice. Entonces me cedió el auricular del teléfono para que contestara. Le di las gracias, lo agarré y con un nudo en la garganta dije: “¿Papá?” 

Las instrucciones de mi padre fueron claras: “Ven inmediatamente al Parkland Hospital. Mamá ha empeorado.” Su voz sonaba áspera y cansada. Colgó sin despedirse. Me quedé completamente inmóvil y los ojos empezaron a llenárseme de lágrimas. Tuve que hacer un gran esfuerzo para no derrumbarme delante de la directora.

    −Lo siento querida −dijo ella como si ya conociese la noticia− ¿Piensas conducir hasta el hospital?
   
La miré confusa, ¿cómo si no pensaba que llegase hasta allí? La cabeza me daba vueltas.

    −Pregunto porque es posible que encuentres hoy más tráfico del habitual, y puede que algunas calles estén cortadas por el desfile −dijo como queriendo aclarar el motivo de su pregunta−. El Presidente acaba de aterrizar, lo han dicho por la radio.

No le conteste. Todavía tenía la mirada clavada en el aparato telefónico. Entonces reparé en un pequeño calendario que reposaba sobre la mesa. Cómo podía haberme olvidado del acontecimiento del año en Dallas. La visita del Presidente Kennedy había sido el centro de todas las conversaciones en las últimas semanas. Hice un esfuerzo por recordar el itinerario que seguiría la comitiva presidencial, que hasta había sido publicado en algunos periódicos. Barajé mis opciones y por fin rompí el silencio.

     −Creo que iré por la autopista John Carpenter, como siempre, está en sentido opuesto al aeropuerto.
   
Me despedí de la directora Howard y corrí hasta el aparcamiento. La angustia se empezaba a apoderar de mi estómago, retorciéndolo despiadadamente. Me subí en el imponente Chevrolet Impala rojo de mi madre, arranqué a toda prisa, y empecé a conducir a contrarreloj en el peor día de todos, obsesionada por llegar a tiempo.

Hacía siete meses que le habían diagnosticado un cáncer de mama. Tras la operación nuestras vidas se habían convertido en un constante deambular entre el hospital y mi casa. Las sesiones de quimioterapia comenzaron de inmediato y la fueron debilitando paulatinamente. Los efectos secundarios eran terribles. Recuerdo que los primeros días estaba muy asustada. No dejaba de preguntarle a mi padre si mamá se pondría bien. Él a veces contestaba animado, “claro que se pondrá bien”. Otras decía con resignación, “eso espero”. Otras ni siquiera me respondía.

Pasábamos las noches en vela. Mi padre la acompañaba para ir al baño, le llevaba las medicinas y estaba pendiente de cualquier cosa que ella necesitara. Yo me retorcía de un lado a otro de la cama, ahogando los llantos con la almohada para que no me escucharan, sintiéndome inútil y desgraciada. Por las mañanas él se iba al trabajo agotado, con ojeras cada vez más profundas que yo temía se hicieran imborrables. Entonces me arrastraba hasta la cocina para preparar café mientras esperaba a Lucy, la enfermera que habíamos contratado para que se hiciera cargo de mamá por las mañanas. Cuando ella llegaba me subía en el Impala y conducía como un zombie hasta la Universidad. Mi madre había insistido en que usara su coche mientras ella estuviese indispuesta. Eso había dicho, “indispuesta”; y había recalcado con una sonrisa que era un préstamo hasta que ella se encontrase mejor. Al principio tuve reparos, me parecía demasiado ostentoso, pero no quise arriesgarme a disgustarla, así que accedí, y no tardé demasiado en acostumbrarme a él y a las miradas que suscitaba cada mañana cuando lo dejaba en el aparcamiento de la Escuela de Arte.

No tenía ni la menor idea de cómo se las arreglaba mi padre para sobrevivir en su trabajo a diario, pero mi rendimiento académico era pésimo. A duras penas conseguía mantenerme despierta, y me costaba horrores concentrarme en las explicaciones de los profesores. Mi madre decía que nos estábamos convirtiendo en cadáveres andantes y resolvió instalarse en el cuarto de invitados, donde había dos camas. Mi padre y yo haríamos turnos por las noches en la cama junto a la suya, y así podríamos descansar de vez en cuando.

Confieso que inicialmente tenía reparos, y sin embargo aquella probó ser la mejor solución. Las noches que hacía guardia me sentía útil. Me desenvolvía con soltura, cuidando de mi madre como “la mejor enfermera del mundo”. Así me llamaba ella. Cuando se encontraba mejor me tumbaba en su cama y charlábamos, de mis estudios, de los chicos, de la vida. Incluso alguna vez comentamos la inminente visita del Presidente Kennedy, y ambas especulamos sobre qué ropa llevaría Jackie. Algunas veces le leía un libro, y otras ponía sus discos favoritos en el pick up que mi padre había instalado en una butaca.

Una tarde volví temprano de la Universidad pero no encontré a nadie en casa. Una nota en la mesa de la cocina me pedía que fuese al Hospital Parkland lo antes posible. Llegué justo en el momento en que dos médicos salían de la habitación. Mi madre estaba entubada y sedada. Mi padre me cogió por el brazo y me sacó al pasillo. “Parece que el cáncer se extiende. No sabemos cuanto tiempo va a durar. De momento está estable, pero no la podemos llevar a casa”. No sé de dónde sacó fuerzas para decirme aquellas palabras. No sé de dónde las saqué yo para mantenerme en pie. Nos quedamos un rato abrazados, yo mojándole la solapa de la chaqueta con mis lágrimas.

Ya estaba de camino. Circulé por la autopista John Carpenter con normalidad, sin embargo en la calle Stemmons el tráfico se hizo más denso. Me desvié para tomar la salida hacia Mockingbird Lane y allí encontré el primer atasco. Aquello era un auténtico atolladero. Era casi la una del mediodía y a penas había recorrido unos metros. Necesitaba salir de allí. Mi paciencia se agotó y di un golpe seco en el salpicadero con el puño. Quería ver a mi madre. Apoyé la cabeza en el volante y empecé a llorar. Otra vez.

Alcé la vista y observé con alivio cómo los coches delante del mío comenzaban a moverse. Entonces giré en el bulevar Harry Hines para probar suerte. No la tuve. Otro atasco. Era como si de repente todos los accesos posibles al hospital estuvieses cortados. Las calles de Dallas eran un auténtico caos. Cuando calculé que estaba lo suficientemente cerca del hospital como para ir andando, aparqué y empecé a correr bulevar abajo. Me acerqué sin aliento a un agente de policía y le pregunté cómo podía acceder al Parkland Hospital. Me miró perplejo, cómo si estuviese pidiendo la cosa más disparatada del mundo.

    −Señorita, es imposible entrar allí ahora. ¿Es que no ha oído las noticias?

De qué demonios me hablaba aquel hombre. Sabía que la ciudad un estaba patas arriba por el desfile, pero no entendía que tenía que ver el hospital en todo aquello.

    −Llevo casi dos horas metida en el coche, de atasco en atasco. No he puesto la radio, no sé a qué noticias se refiere− le respondí enojada.

    −Alguien ha disparado al presidente Kennedy. Ahora está en el Parkland. Han restringido los accesos.

    −Mire, agente −le dije sin inmutarme, con voz grave y directa− yo tengo que entrar allí como sea. Mi madre está hospitalizada y su estado es muy crítico. Temo que para cuando yo llegue sea ya demasiado tarde.

El policía me miró a los ojos sin decir nada, como sopesando el grado de veracidad de lo que acababa de escuchar. Yo estaba otra vez al borde de las lágrimas. Finalmente se ofreció a acompañarme y me dirigió a través la multitud que se aglomeraba en los alrededores del hospital. Policías, periodistas, curiosos. Más policías. No sé cómo pero conseguimos llegar hasta la entrada de urgencias. El agente se acercó a un compañero, y este último me escoltó por los pasillos llenos de médicos y enfermeras hasta la recepción. Empecé a hablar de manera aturrullada.

    −Soy Alice Parker. Vengo a ver a Geraldine Parker. Mi madre. Mi padre ya está arriba. Habitación doscientos cuarenta y seis.

La recepcionista hizo las comprobaciones oportunas en su registro. Anotó mi nombre y la hora de llegada. Le dijo al policía que todo estaba correcto y este se marchó dándome las buenas tardes.

La puerta de la habitación estaba cerrada. Entré despacio. Sin llamar. Por unos segundos la tranquilidad que allí dentro se respiraba me resultó reconfortante. Mi padre estaba sentado en un taburete a los pies de la cama con la cabeza apoyada en las piernas de mi madre. Sujetaba la mano de ella entre las suyas. De pronto reparé en que ya no estaba entubada. No había vías ni cables que la mantuvieran aferrada a este mundo. Respiraba lentamente. En paz. Posiblemente por los efectos de la morfina. Me senté al borde de la cama, en el lado opuesto a mi padre. Le acaricié la cara y ella abrió los ojos. Le dije “te quiero mama”. Me sonrió. Nos sonreímos. Cerró los ojos. Se fue.

Aquel viernes, a la misma hora, en el mismo lugar, se declaraba oficialmente la muerte del Presidente Kennedy, pero para mi, pasó totalmente desapercibida.

4 comentarios:

  1. Que bonito, nena... Quiero un libro tuyo, yaaa!!!
    No pares de escribir!!!!
    Besos... también para Geraldine...

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  2. Ay, no sé yo si alguna vez tendré las fuerzas (o la capacidad) para escribir una novela. Pero muchas gracias, me das muchos ánimos! :) xxx

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  3. Vanessa, esto promete. Acabo de aterrizar en tu blog y me ha gustado muchísimo este cuento. Acción y mucha, tensión, desenlace. Muy bueno, de verdad. Te sigo.
    Un abrazo.

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  4. Muchísimas gracias, Susana. Me hace especial ilusión viniendo de ti, que por lo que he leído eres ya toda una pro en esto de la escritura ;) Estoy deseando leerte. Un abrazo

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